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Dieta Nutrición | Alimentación en personas mayores

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Índice

Comer bien después de los 65 no es lo mismo que comer bien a los 40. El cuerpo cambia, las necesidades cambian y lo que funcionaba durante décadas puede dejar de ser suficiente sin que haya señales evidentes de alarma. La alimentación en personas mayores es uno de los factores que más influye en mantener la autonomía, la fuerza muscular y la salud cardiovascular con el paso de los años, pero también uno de los que más se descuida porque los cambios son graduales y silenciosos. Entender qué necesita el organismo en esta etapa es el primer paso para tomar decisiones que marquen una diferencia real en la calidad de vida.

Por qué cambia la alimentación a partir de los 65 años

Alimentación en personas mayores en cifras

36%
de los mayores de 85 años tiene sarcopenia
Solo el 5% a los 65–69 años
50%
de los mayores hospitalizados en riesgo de malnutrición
3,3% en domicilio · hasta 50% en hospitalización
30%
de reducción del riesgo cardiovascular con dieta mediterránea
Frente a una dieta baja en grasas
56%
menos riesgo de desarrollar el síndrome de fragilidad
Con alta adherencia al patrón mediterráneo
Datos extraídos de estudios clínicos y organismos internacionales · Ver bibliografía

A partir de los 65 años, el cuerpo cambia de formas que no siempre se ven a simple vista, pero que afectan directamente a cómo procesa los alimentos. El gasto energético en reposo desciende aproximadamente un 10% por cada década desde los 50 años, principalmente porque se pierde masa muscular activa. Esto no significa que el cuerpo necesite menos nutrientes: al contrario, las necesidades de proteínas, vitaminas y minerales se mantienen o incluso aumentan, lo que convierte la densidad nutricional en el criterio más importante de una buena dieta en esta etapa.

La sarcopenia, esa pérdida progresiva de masa y fuerza muscular, es uno de los procesos que más condiciona la alimentación en personas mayores. No es un fenómeno inevitable ni irreversible, pero sí muy prevalente: afecta al 5% de los adultos entre 65 y 69 años, y a más del 36% de quienes superan los 85. A esto se suma el riesgo de malnutrición, que va desde el 3,3% en mayores que viven en su domicilio hasta el 50% en personas hospitalizadas. Y aunque pueda parecer contradictorio en una sociedad donde abunda la comida, muchas personas mayores comen menos de lo que necesitan porque tienen menos apetito, dificultades para masticar, problemas digestivos o, sencillamente, porque cocinan menos que antes.

La deshidratación, por su parte, es otro riesgo que pasa desapercibido con demasiada frecuencia.

El agua corporal total disminuye del 60-65% del peso corporal en la edad adulta al 50-55% en la vejez, y el mecanismo de la sed pierde sensibilidad con los años. Esto significa que cuando una persona mayor nota que tiene sed, ya lleva un tiempo deshidratada. La deshidratación leve puede manifestarse como confusión, mareos o bajadas de tensión, síntomas que a veces se atribuyen erróneamente a otras causas. Por eso, beber agua con regularidad, sin esperar a tener sed, forma parte de cualquier recomendación nutricional seria para este grupo de edad.

Frente a este escenario, la dieta mediterránea es el patrón alimentario con mayor respaldo científico para mejorar la calidad de vida en la vejez. Un gran ensayo clínico realizado en España con más de 7.400 personas de entre 55 y 80 años demostró que quienes la seguían reducían su riesgo de infarto, ictus o muerte cardiovascular en torno a un 30%. Y no es solo una cuestión de corazón: la adherencia a este patrón alimentario también reduce el riesgo de desarrollar el síndrome de fragilidad en más de la mitad de los casos, según un metaanálisis de cohortes prospectivas internacionales.

La fragilidad no es simplemente envejecer. Es un estado clínico reconocido, con criterios definidos, que hace que la persona sea mucho más vulnerable a cualquier adversidad: una infección, una caída, un ingreso hospitalario. Afecta a entre el 8% y el 38% de los mayores en España dependiendo de la edad, y está directamente relacionada con lo que se come.

Lo que comes después de los 65 importa más de lo que imaginas. No porque haya que volverse rígido con la dieta, sino porque el margen de error es menor y los beneficios de hacerlo bien son muy concretos: más energía, más fuerza muscular, menos caídas, menos visitas al médico y, en definitiva, más autonomía durante más tiempo.

Nutrientes esenciales y grupos de alimentos en la alimentación en personas mayores

La calidad de la dieta en la vejez no se mide en calorías, sino en lo que esas calorías llevan dentro. El National Institute on Aging (NIA) y la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) coinciden en que a partir de los 65 años la dieta debe estructurarse alrededor de alimentos de alta densidad nutricional: los que ofrecen el máximo de vitaminas, minerales y macronutrientes por cada bocado, compensando así la menor ingesta energética total.

Nutriente Principales fuentes alimentarias
Proteínas magras Carnes de ave (pollo, pavo), huevos, legumbres, sardinas, boquerón, caballa, salmón
Frutas y verduras Frutas de temporada, verduras de hoja verde, crucíferas, tomate, pimiento
Cereales integrales Pan integral, arroz integral, avena, pasta integral, cebada
Lácteos bajos en grasa Leche desnatada o semidesnatada, yogur natural, quesos bajos en grasa
Vitamina B12 Pescados, carnes magras, huevos, lácteos, alimentos enriquecidos
Zinc Carnes rojas magras, marisco (especialmente ostras), legumbres, frutos secos, cereales integrales

Proteínas magras

Proteínas por toma
Proteínas por toma

El consenso científico actual ha dejado atrás la recomendación genérica de 0,8 gramos de proteína por kilogramo de peso al día. Para una persona mayor sana, la cantidad adecuada está entre 1,0 y 1,2 g/kg/día, y puede llegar a 1,5 g/kg en presencia de enfermedad aguda o crónica. Pero no basta con alcanzar esa cifra total: distribuir la proteína en dosis de 25-30 gramos por comida principal es lo que activa realmente la síntesis muscular, porque el músculo envejecido necesita una señal más intensa para responder.

Las carnes de ave (pollo, pavo, conejo) aportan proteína completa con poca grasa saturada y admiten preparaciones de textura muy variada, lo que las convierte en una opción versátil también para personas con dificultades de masticación. Los huevos son uno de los alimentos más completos que existen: proteína de alta calidad, vitaminas del grupo B, selenio y luteína, todo en un formato económico y accesible. Las legumbres, combinadas con cereales, ofrecen un perfil de aminoácidos equivalente al de la proteína animal y además suman fibra, hierro y potasio al plato.

Pero si hay un grupo que merece atención especial son los pescados azules: sardinas, boquerones, caballa, salmón, jurel. No solo por su proteína, sino por su contenido en ácidos grasos omega-3 de cadena larga (EPA y DHA) que modulan la inflamación crónica de bajo grado, regulan la presión arterial y tienen un papel reconocido en la salud cardiovascular y cognitiva. La SEGG recomienda consumir pescado entre tres y cuatro veces por semana, con al menos dos de ellas de pescado azul.

Una cosa que se ve en consulta con más frecuencia de la que parece: muchos mayores reducen el pescado porque les cuesta prepararlo o porque viven solos y no quieren cocinar para uno. En esos casos, las conservas de calidad (sardinillas, atún, caballa al natural) son una alternativa completamente válida con el mismo perfil nutricional.

Frutas y verduras

Mis 5 raciones del día

0 / 5 completadas
1 ración · Fruta
Desayuno
7:00 - 9:00 h
Tazón de fresas, medio kiwi o una naranja entera. Se puede acompañar con yogur natural sin azúcar.
1 ración · Fruta
Media mañana
10:30 - 11:30 h
Una manzana, una pera o un plátano pequeño. Sin preparación, fácil de llevar y de comer.
🍳
1-2 raciones · Verdura
Almuerzo
13:30 - 15:00 h
Ensalada de temporada de primero y verdura cocinada de acompañamiento: brócoli al vapor, menestra, pimientos asados o calabacín.
🍎
1 ración · Fruta
Merienda
17:00 - 18:00 h
Un melocotón, un puñado de uvas o una mandarina de temporada. Siempre fruta entera, no zumo: conserva la fibra y sacia más.
1 ración · Verdura
Cena
20:30 - 21:30 h
Crema de verduras de temporada, espinacas salteadas con ajo o calabacín al horno. Ligero y fácil de digerir antes de dormir.
Toca cada fila para marcarla como completada

La recomendación de la Organización Mundial de la Salud es clara: un mínimo de 400 gramos de frutas y verduras al día, equivalente a cinco raciones de 80 gramos. Las guías que sigue el NIA concretan algo más para mayores de 60 años: de 2 a 3 tazas de vegetales y hasta 2 tazas de fruta fresca al día. La SEGG y la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) insisten en que deben ser de temporada, frescas y enteras, reservando los zumos únicamente para personas con dificultades de deglución.

El motivo es doble. Por un lado, frutas y verduras aportan antioxidantes (vitamina C, carotenoides, polifenoles) que neutralizan el estrés oxidativo, uno de los mecanismos que acelera el envejecimiento celular y favorece la aparición de enfermedades crónicas. Por otro, aportan fibra, indispensable para el tránsito intestinal, la salud cardiovascular y la regulación del azúcar en sangre. Cada 200 gramos adicionales de frutas y verduras al día se asocian a una reducción del 8% en el riesgo de mortalidad coronaria, y los beneficios se maximizan en torno a los 800 gramos diarios, donde la reducción puede alcanzar el 24%.

En la práctica, alcanzar estas cantidades es más sencillo de lo que parece. Un tazón de fresas en el desayuno, ensalada de temporada en el almuerzo, una manzana de merienda y verdura al vapor en la cena ya sitúan a cualquier persona mayor en o cerca del objetivo diario.

Cereales integrales

Que el pan sea integral, que el arroz sea integral, que la avena aparezca con regularidad en el desayuno. No es una cuestión de moda: los cereales integrales conservan el salvado y el germen del grano, que son exactamente las partes que concentran la fibra, las vitaminas del grupo B, el magnesio y los fitoquímicos. Los cereales refinados los pierden durante el proceso de molienda, dejando básicamente almidón.

Desde el punto de vista energético, el almidón de los cereales integrales se digiere más despacio, lo que se traduce en energía sostenida y en una respuesta glucémica más moderada. Esto importa especialmente en personas mayores con resistencia a la insulina o diabetes tipo 2, una combinación cada vez más frecuente en este grupo de edad.

El beneficio más documentado y directo es la prevención del estreñimiento crónico, que afecta a entre el 30% y el 40% de los mayores de 65 años. La fibra insoluble del salvado (presente en el pan integral, el arroz integral o la avena) aumenta el volumen fecal y acelera el tránsito intestinal. La fibra soluble, abundante en la avena y la cebada, es fermentada por la microbiota generando ácidos grasos de cadena corta con efectos antiinflamatorios adicionales. La cantidad recomendada está entre 22 y 28 gramos de fibra al día según el sexo, un objetivo que se alcanza con relativa facilidad combinando cereales integrales con legumbres, frutas y verduras.

El cambio en la textura y el sabor puede necesitar una adaptación de unos días. Pero el impacto sobre el bienestar digestivo se nota en pocas semanas, y eso suele ser motivación suficiente para mantenerlo.

Lácteos desnatados o semidesnatados

Para proteger la salud ósea en la vejez, el organismo necesita dos nutrientes que trabajan en equipo: calcio y vitamina D. Los mayores de 71 años necesitan 1.200 mg de calcio al día, y los lácteos bajos en grasa son su fuente más eficiente. La leche desnatada o semidesnatada, el yogur natural y los quesos bajos en grasa aportan calcio en una forma que el organismo absorbe bien, además de proteína de calidad. La SEGG recomienda entre tres y cuatro raciones de lácteos al día.

La vitamina D es el otro pilar, y su déficit es más extendido de lo que se reconoce habitualmente. Entre el 62% y el 70% de los mayores de 65 años en Europa tienen niveles séricos insuficientes. La recomendación de la Fundación Internacional de Osteoporosis y de la Sociedad Española de Metabolismo Mineral y Óseo es de 800-1.000 UI al día para los mayores de 60 años. Muchos productos lácteos están actualmente fortificados con vitamina D y calcio, lo que los convierte en una opción aún más completa.

Las consecuencias de no cubrir estas necesidades son concretas: el riesgo de fractura en mujeres con osteoporosis pasa del 15% entre los 60 y 64 años a más del 71% por encima de los 80. Si existe intolerancia a la lactosa, los yogures y los quesos curados suelen tolerarse bien porque su contenido en lactosa es mucho menor.

Vitaminas clave

Hay dos micronutrientes que en la práctica clínica aparecen deficientes con una frecuencia llamativa en personas mayores: la vitamina B12 y el zinc. Los dos pasan desapercibidos durante meses porque sus síntomas son inespecíficos, pero su impacto sobre la salud es profundo y bien documentado.

La deficiencia de vitamina B12 afecta al 5% de los adultos entre 65 y 74 años, supera el 10% en los mayores de 75 y puede alcanzar el 30-40% en personas institucionalizadas. El problema no es solo la ingesta: con la edad, la mucosa gástrica se atrofia y produce menos ácido clorhídrico, lo que dificulta separar la vitamina B12 de las proteínas animales. El uso prolongado de metformina o inhibidores de la bomba de protones agrava esta malabsorción. Las consecuencias van desde anemia macrocítica hasta neuropatía periférica y deterioro cognitivo, pasando por depresión en casos avanzados. Sus principales fuentes alimentarias son los pescados, las carnes magras, los huevos y los lácteos. A partir de los 50 años, algunas guías ya recomiendan obtener la B12 de alimentos enriquecidos o suplementos, precisamente porque la absorción desde alimentos naturales puede ser insuficiente.

El zinc es menos conocido, pero igualmente necesario. Aproximadamente el 40% de las personas mayores tiene niveles insuficientes. Este mineral interviene en más de 300 enzimas y es indispensable para el sistema inmunitario: su déficit contribuye a la involución del timo y deteriora la respuesta a las vacunas. La ingesta recomendada es de 11 mg/día en hombres y 8 mg/día en mujeres. Las mejores fuentes son las carnes rojas magras, el marisco (especialmente las ostras), las legumbres, los frutos secos y los cereales integrales.

Lo que más sorprende es que gran parte de estos déficits se detectarían antes con una analítica de rutina. Una revisión anual que incluya vitamina B12 y zinc puede cambiar notablemente la calidad de vida de una persona mayor.

Pautas de organización y hábitos diarios en la alimentación en personas mayores

Saber qué comer es solo la mitad del trabajo. La otra mitad está en cómo, cuándo y en qué cantidad se organiza esa ingesta a lo largo del día. La rutina alimentaria tiene tanto peso como la elección de alimentos, y en personas mayores ese orden cobra aún más relevancia porque el organismo procesa la comida de forma diferente a como lo hacía décadas atrás.

Distribución de la energía diaria

5 tomas · SEGG / AESAN
7:00-9:00 h
Desayuno
25-30%
Fruta fresca + yogur natural
10:30-11:30 h
Media mañana
5%
Fruta o frutos secos
13:30-15:00 h
Almuerzo
35-40%
Proteína + verdura + cereal integral
17:00-18:00 h
Merienda
5-10%
Fruta entera o yogur sin azúcar
20:30-21:30 h
Cena
20-25%
Cena ligera, fácil de digerir
Las barras reflejan el peso proporcional de cada toma sobre la energía total del día

Fraccionar las comidas

Una de las primeras cosas que cambia con la edad es la velocidad del vaciamiento gástrico y la capacidad de tolerar volúmenes grandes de comida. El estómago se llena antes, las digestiones son más lentas y la sensación de saciedad aparece con cantidades menores. Mantener tres comidas abundantes al día (como muchas personas hacen durante la edad adulta) puede ser contraproducente para una persona mayor: genera digestiones pesadas, reduce el apetito en las tomas siguientes y dificulta alcanzar los requerimientos nutricionales diarios.

Repartir la ingesta diaria en 4 o 5 tomas resuelve varios problemas a la vez. Facilita digestiones más ligeras, evita las bajadas de azúcar entre comidas y permite distribuir los nutrientes a lo largo del día sin sobrecargar el aparato digestivo en cada sentada. La distribución que recomiendan la SEGG y la AESAN sigue este esquema orientativo: desayuno con el 25-30% de la energía total, media mañana con un 5%, almuerzo con el 35-40%, merienda con el 5-10% y cena con el 20-25%, dejando una recena opcional del 5% si hay necesidad.

Esta distribución también mejora la síntesis muscular. El músculo envejecido responde mejor cuando recibe proteína de forma repartida en cada comida principal que cuando se concentra toda en una sola toma. Fraccionar no es solo comodidad digestiva, sino también eficiencia metabólica.

En la práctica, muchas personas mayores que viven solas tienden a saltarse la media mañana o la merienda porque no sienten hambre. Un puñado de frutos secos, una pieza de fruta o un yogur son suficientes para cubrir esa toma sin ningún esfuerzo.

Hidratación continua

El problema de la hidratación en personas mayores no es que beban poco a propósito. Es que su cuerpo ya no les avisa correctamente cuando necesitan agua. El mecanismo de la sed se activa cuando se ha perdido aproximadamente el 1-1,5% del peso corporal en forma de líquido, pero con la edad ese umbral de alerta llega tarde y con menos intensidad, porque los osmorreceptores hipotalámicos pierden sensibilidad y el riñón pierde capacidad para concentrar la orina. Para cuando una persona mayor nota que tiene sed, ya lleva un tiempo en déficit hídrico real.

Por eso, la recomendación es beber un mínimo de 1,5 a 2 litros al día sin esperar a tener sensación de sed. La EFSA fija la ingesta hídrica total en 2 litros diarios para mujeres y 2,5 para hombres, de los cuales al menos 1,6-2 litros deben proceder de líquidos propiamente dichos.

Los datos sobre cumplimiento de esta recomendación en residencias de larga estancia son preocupantes: la ingesta media se sitúa en apenas 1.100 mL/día, y el 88% de los residentes presenta una ingesta inadecuada. Las consecuencias van mucho más allá de la sed: confusión, hipotensión ortostática, caídas, infecciones urinarias de repetición e insuficiencia renal aguda son complicaciones directamente relacionadas con la deshidratación crónica de bajo grado, que es exactamente el patrón más frecuente en este grupo de edad porque no produce síntomas evidentes hasta que ya está instalada.

La estrategia más útil no es esperar a tener sed, sino establecer una rutina con horario fijo: un vaso al levantarse, uno en cada comida, uno a media mañana, uno en la merienda. El agua es siempre la primera opción, pero también cuentan las infusiones sin azúcar, los caldos, los lácteos y, en personas con dificultades para tragar líquidos, las aguas gelificadas.

Restricción de críticos

Tres son los nutrientes que más comprometen la salud cardiovascular cuando se consumen en exceso en la vejez: la sal, los azúcares refinados y las grasas saturadas y trans. Los tres están presentes en exceso en la dieta media española, y los tres tienen recomendaciones oficiales claras que conviene conocer.

Nutriente Límite diario (OMS) Equivalencia práctica
Sal Menos de 5 g/día
(= 2 g de sodio)
Aproximadamente 1 cucharadita rasa. La ingesta media global dobla esta cifra: más de 10 g/día.
Azúcares libres Menos del 10% de la energía total
(ideal: menos del 5%)
Máximo 50 g/día (10%). El objetivo ideal son 25 g, equivalente a unas 6 cucharaditas.
Grasas saturadas Menos del 10% de la energía total Unos 22 g/día en una dieta de 2.000 kcal. Sustituir por aceite de oliva, frutos secos o pescado azul.
Grasas trans
(origen industrial)
Menos del 1% de la energía total Menos de 2 g/día. Presentes en bollería industrial, margarinas y productos ultraprocesados.

La Organización Mundial de la Salud fija el límite de sal en 5 gramos al día (equivalente a 2 gramos de sodio), pero la ingesta media global supera los 10 gramos diarios. En personas mayores, el exceso de sodio impacta directamente sobre la presión arterial: reducir el consumo hasta el nivel recomendado puede bajar la presión sistólica hasta 5 mmHg en personas hipertensas. Retirar el salero de la mesa y sustituir la sal por hierbas aromáticas, limón o especias es un cambio pequeño con un efecto clínico real.

Con los azúcares libres, la OMS recomienda no superar el 10% de la energía total diaria y, de forma ideal, quedarse por debajo del 5%, equivalente a unos 25 gramos o seis cucharaditas. En personas mayores, el exceso de azúcar no es solo un problema de peso: se asocia a hipertrigliceridemia, mayor riesgo cardiovascular y peor control glucémico en quienes ya presentan resistencia a la insulina, que es una situación frecuente a partir de los 65 años.

Las grasas saturadas deben mantenerse por debajo del 10% de la energía diaria, y las grasas trans de origen industrial por debajo del 1%. La clave no está únicamente en reducir, sino en sustituir: el aceite de oliva virgen extra, los frutos secos y el pescado azul aportan grasas insaturadas que tienen el efecto contrario sobre el perfil lipídico y la salud cardiovascular.

Adaptación de texturas

Detección de disfagia

Cribado orientativo · No sustituye al diagnóstico médico
¿Podrías tener disfagia sin saberlo?
La disfagia afecta a más del 30% de los mayores y con frecuencia pasa desapercibida. Responde a estas 5 preguntas con sinceridad.
Responde según tu experiencia habitual al comer o beber

La disfagia orofaríngea (la dificultad para tragar con seguridad) afecta al 10-30% de los mayores que viven en su domicilio, al 47% de los hospitalizados y a más del 50% de quienes residen en centros sociosanitarios. Muchas personas no la identifican como tal porque la normalizan: evitan ciertos alimentos, comen despacio o sienten que la comida se queda atascada, pero no lo relacionan con un problema clínico que tiene nombre y solución.

Las consecuencias de no detectarla y adaptarla son serias. Una persona mayor con disfagia no diagnosticada tiene un riesgo 2,72 veces mayor de desarrollar desnutrición y deshidratación, y es especialmente vulnerable a la neumonía aspirativa, una complicación respiratoria con mortalidad alta en este grupo. Los datos sobre aspiración son reveladores: el 20% de los mayores con disfagia aspira líquidos finos, pero ese porcentaje baja al 10% con viscosidad tipo néctar y al 5,3% con viscosidad pudin. La textura, en estos casos, no es un detalle menor.

Cuando existen problemas de masticación o deglución, la dieta debe adaptarse sin que eso implique renunciar a la variedad ni al placer de comer. Los purés y cremas de verduras con proteína incorporada, las carnes picadas cocinadas en salsa, los pescados desmigados y las gelatinas de frutas son recursos perfectamente válidos dentro de un patrón alimentario equilibrado. La clasificación internacional IDDSI establece ocho niveles de textura y viscosidad que permiten adaptar la dieta con precisión al grado de disfagia de cada persona. Si notas que tú o un familiar toséis al comer, sentís que la comida se queda atascada o la voz suena húmeda después de beber, es importante comentarlo con el médico para hacer una valoración formal antes de que aparezca una complicación.

Bibliografía

  1. Estruch, R. et al. (2018). Primary Prevention of Cardiovascular Disease with a Mediterranean Diet Supplemented with Extra-Virgin Olive Oil or Nuts. New England Journal of Medicine, 378, e34. https://www.nejm.org/doi/abs/10.1056/NEJMoa1200303
  2. Bauer, J. et al. (2013). Evidence-based recommendations for optimal dietary protein intake in older people: a position paper from the PROT-AGE Study Group. Journal of the American Medical Directors Association, 14(8), 542-559. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/23867520/
  3. Kojima, G. et al. (2018). Adherence to Mediterranean Diet Reduces Incident Frailty Risk: Systematic Review and Meta-Analysis. Journal of the American Geriatrics Society, 66(4), 783-788. https://agsjournals.onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/jgs.15251
  4. Volkert, D. et al. (2022). ESPEN practical guideline: Clinical nutrition and hydration in geriatrics. Clinical Nutrition, 41(4), 958-989. https://www.clinicalnutritionjournal.com/article/S0261-5614(22)00034-6/fulltext
  5. Rooney, M.R. et al. (2024). Sarcopenia Incidence From Age 65 to 90+ Years From 2011 to 2023 in the ARIC Cohort. PubMed Central. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC12762279/

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